En su serie El Adivino Químico — presentada en el Centro de Arte Contemporáneo Addaya de Sineu en 2014 y posteriormente en Berlín— la artista trabaja con una iconografía derivada de las láminas alquímicas medievales, las cartas del Tarot y los murales románicos apocalípticos. Pero no los ilustra ni los cita de forma académica. Los deconstruye. Los pasa por el filtro de su propia experiencia pictórica hasta que la figura original desaparece y lo que queda es su energía, su esqueleto simbólico. Es una operación parecida a lo que los alquimistas llamaban calcinatio: quemar la materia hasta que solo quede su esencia.
Ese proceso es, precisamente, lo que más le interesa. No el resultado, sino el camino.



